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La preservación de los mecanismos del pasado cinematográfico

Publicado en
El País, 23 Feb 2012

El estreno de La Invención de Hugo, última película de MartinScorsese, nos lleva directamente al nacimiento del cine, a su evolución e historia. Y lo hace precisamente de la mano de las últimas tecnologías.
 
Si bien la película ha sido grabada con la Arri Alexa, una cámara digital tan nueva que ni siquiera había salido al mercado cuando empezó el rodaje, cabe recordar que Arri lleva fabricando cámaras de cine desde 1917. Tampoco debiera resultar paradójico que Scorsese se haya decantado por el 3D pues éste le confiere un valor añadido al recuerdo del cine más pionero. Según cuenta la leyenda, la proyección de la película de los hermanos Lumière Llegada de un tren a la estación de La Ciotat provocó tal impresión a finales del S. XIX que los espectadores saltaron de sus asientos al ver un tren acercarse en la pantalla. Los Lumière volverían a grabar la llegada del tren años después, empleando una cámara estereoscópica y tratando de conseguir un verdadero efecto 3D en su proyección, ya en 1935.
 
La Invención de Hugo, un claro homenaje al pasado, pone de manifiesto esta continuidad en la historia del cine, sus mecanismos y sus resultados. Desde la primera imagen se introduce al espectador en un engranaje que se funde con el Arco de Triunfo y las calles iluminadas del bullicioso París, la ciudad industrial que acogió por primera vez una proyección pública de cine en 1895. Hugo Cabret, el joven protagonista, como un espectador más, contempla la vista desde lo alto del reloj de la estación de tren en la que vive, y desde allí observa las distintas secuencias que integran el filme. Persecuciones, romances o gags se suceden ante su mirada; y cada una de estas viñetas o pequeñas subtramas bien podría evocar un cortometraje individual al más puro estilo del primer cine mudo, incluida la llegada del tren. Es a través de los ojos de Hugo como nos vamos sumergiendo en ese reencuentro con los inicios del cine.
 
De todos los directores contemporáneos, quizá sea Scorsese el más indicado para dirigir una película que trate la historia, el olvido, y el redescubrimiento del cine antiguo. Consciente de que en su trabajo la violencia ha jugado un papel principal (Taxi Driver, Toro Salvaje, El cabo del miedo, Gangs of New York, Infiltrados, Shutter Island), eligió adaptar el libro infantil que da título al filme, escrito e ilustrado por Brian Selznick, para que su hija menor pudiera ver, al fin, una película suya. Nos encontramos, por tanto, ante un proyecto tremendamente personal. El realizador no solo dirige su trabajo a las futuras generaciones, sino que lo hace transmitiendo todo su conocimiento y cariño hacia el cine del pasado para que éste pueda ser disfrutado por un nuevo público que crecerá en un mundo lleno de imágenes, aunque carentes de celuloide.
 
Cada fotograma de la película (que, recordemos, nace en digital) destila este mensaje de profunda admiración y deuda con el pasado. El cineasta, junto a Robert Richardson, director de fotografía, buscó inspiración en uno de los primeros procedimientos fotográficos en color, el autocromo, patentado por los hermanos Lumière en 1903. El cuidado y detalle de cada plano es absoluto, incluidos los decorados y carteles que adornan la ciudad y estación, o la música y figurantes que salpican la película: personajes que evocan a James Joyce, Django Reinhardt o Salvador Dalí cruzan su mirada con la del público; incluso el propio Scorsese hace una breve aparición como fotógrafo.
 
Es en este entorno donde Hugo se encuentra con el verdadero protagonista del filme: Georges Méliès, pionero del cine. Él es el principal símbolo de la película y su figura, reivindicada a gritos, sirve para poder traer al frente la importancia del cine y su preservación. Méliès es presentado como una figura olvidada que poco a poco es rescatada, al igual que irá sucediendo con sus películas. Hugo y su amiga Isabelle irán descubriendo quién es Méliès y cómo era aquel cine de antaño. A través de su aprendizaje se proyectan fragmentos de versiones restauradas e impecables de los hermanos Lumière, Edwin S. Porter, D. W. Griffith, Buster Keaton, Charles Chaplin, Harold Lloyd o del mismo Georges Méliès. Son imágenes que, como nos recuerda la película, bien podrían haber desaparecido hace tiempo y, sin embargo, perviven.
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